En los últimos días se ha abierto desde Inglaterra nuevamente el debate sobre el uso del video y las nuevas tecnologías en la corrección de errores arbitrales.
Esta vez la polémica vino servida por un deporte de escasa relevancia en nuestro país, el cricket. En un reciente partido que enfrentaba a las selecciones de Inglaterra y Sudáfrica, Daryl Harper, el árbitro responsable de los veredictos sobre repeticiones en televisión, no percibió un toque ligero a través de su audífono que hubiera cambiado el resultado de la serie. Seguramente se trató de un problema humano relacionado con el volumen de su aparato, si bien en su página de Facebook se justificó haciendo responsable del problema a un técnico de sonido.
En cualquier caso, se reaviva un debate que viene de lejos, ya que son muchas voces las que se alzan desde hace tiempo en favor de monitorizar las decisiones arbitrales en el fútbol. Frente a ellos, los detractores de esta forma de deshumanización del deporte y la figura del árbitro, máxima autoridad en el terreno de juego. Defienden la pureza del fútbol, un espectáculo de 90 minutos sin más interrupciones que las propias del juego. Al frente de esta corriente conservadora, Blatter y Platini.
El video no se aplica en el fútbol durante el transcurso de un partido, pero si es cierto que se utiliza a la hora de sancionar determinadas conductas, retirar tarjetas inmerecidas, incluso “mandar a la nevera” a los propios colegiados que se equivocan con frecuencia o cuya percepción de algunas jugadas ha condicionado el desarrollo normal del encuentro. En este sentido resulta curioso que se puedan corregir decisiones a posteriori, cuando ya no se puede alterar el resultado del partido. Sería incongruente a todos los efectos que se hubiera sancionado a Henry por anotar un gol con la mano y se mantuviera a Irlanda fuera del Mundial. En este sentido una sanción de oficio de la FIFA hubiera sentado un precedente fatal para sus intereses. No obstante la UEFA ya nos había regalado este tipo de fallos, como la sanción a Raúl tras hacerle un gol con la mano al Leeds. Incluso en países como Italia se actuó de igual manera, donde Gilardino recibió castigo por la misma infracción.
Los árbitros son humanos, y determinados fueras de juego o acciones dentro del área son dudosas incluso tras haberlas visto en la televisión tres, cuatro, cinco veces. Pero lo cierto es que mientras el fútbol sea televisado siempre existirá la polémica. Incluso se ve alterada la conducta de los propios aficionados que se encuentran en el estadio, ya que en apenas unos segundos se enteran por sus transistores de si el colegiado ha errado en su decisión.
Además del famoso video, existen otras demandas por parte de los defensores de la legitimación máxima en el fútbol. En los últimos años se han hecho diversas probaturas, como las ya consabidas de los balones con chip o la presencia de jueces de área. Otras voces abogan por inundar de sensores las porterías, a semejanza del ojo de halcón del tenis. Es una tecnología muy costosa que no todos podrían asumir, máxime en unos tiempos en los que se están tratando de minimizar al máximo los costes, dadas las penurias económicas que viven los clubes. Pero la problemática de los goles fantasma existe desde los inicios del fútbol. El más recordado por todos, quizá el zapatazo de Michel ante Brasil en el Mundial de Méjico 86, que nunca subió al marcador. Esta misma semana nos llegaba una noticia desde la Bundesliga 2 alemana: se concedió un gol tras botar el balón más de un metro dentro del campo.
En definitiva, deportes como el rugby, tenis o fútbol americano ya utilizan el video y las nuevas tecnologías aplicadas a las decisiones arbitrales. Pero, ¿se deben implantar éstas en el fútbol? ¿Es necesario un árbitro frente a un monitor de televisión, o quedaría desvirtuada la figura del colegiado y su autoridad? Cada cual tendrá su propia opinión, pero el debate está más de actualidad que nunca.
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