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Asistir a una partido de máxima rivalidad siempre es una gran oportunidad para ver un espectáculo en el que las emociones y sentimientos contenidos explotan; hacerlo en La Bombonera es un privilegio.
p>De lejos se podría decir que este tipo de encuentros comparten similar liturgia futbolera con otros que yo conozco; nada más lejos de la realidad que este apriorismo. Algunos detalles de la puesta en escena. El estadio lleno hasta reventar una hora y media antes del inicio del partido. Mientras, que nadie lo dude, los ojos de los seguidores de Boca están sin embargo pendientes de su llegada al palco que le pertenece. Maradona ocupa un lugar central por excelencia dentro de este templo. Su altar no está situado dentro del terreno de juego por razones obvias y de seguridad, so pena del hecho de que, por si él fuera, seguramente aún saldría a gambetear con más acierto que muchos de los titulares. También hay un seguimiento y marcaje al hombre a las barras bravas de River. Mientras, ya está llegando la hora del inicio del consabido Super Clásico, y el interés por la llegada de las directivas es seguido con ignorancia, al tiempo que los nombres del mundo social y político aparecen en los palcos, como si de un grupo de hinchas más se tratara.
La tarde es espléndida y los rayos del sol contribuyen a resaltar los colores azul y oro de Boca (en honor al barco sueco atracado en la Bocanera, un día cercano al de los inicios del club) y delante, el blanco y el color rojo vino, como dice el maestro Braceli, de River. La fuerza contra el orden y el juego organizado. La pasión y el esfuerzo físico contra el detalle y la precisión. Estos son los paradigmas, las huellas que siempre reviven independientemente del año, el mes y el día. He sentido un poco de nostalgia por los partidos de la Liga a primera hora de la tarde. Aquellos partidos de gorra con visera para taparse el sol y con olor, olor a humo de faria o, en el mejor de los casos, de puro habano. Al color le acompaña el calor. Y el calor derivado del canto constante de cincuenta mil personas que se dejan la voz, el alma y todas sus fuerzas para ser el verdadero, y no inventado, jugador 12 del equipo. Los cánticos son multitudinarios. Todo el mundo canta y gesticula vistiendo ropa con los colores del equipo. De hecho, no hace falta pasearse por el excelente museo del equipo para conocer los patrocinadores de los últimos años, las gradas son un perfecto escaparate de la historia de Boca.
Mientras escribo pienso que antes había imaginado que la fiesta terminaría tras el pitido del árbitro. Pero bajo ningún concepto ha sucedido así. Tras la victoria, la fiesta continua con una nueva explosión de alegría y cánticos de la hinchada. Creo que he visto a muchos cantar con la elástica en la mano, ondeándola. La mayoría se suma a la fiesta pero principalmente un destacado seguidor: Diego Armando Maradona se constituye como el referente; su palco (si Boca tuviera que escoger un lugar para invitar a los dioses al estadio, la localidad escogida sería la que ocupa actualmente el Diego) es el centro de las miradas y el modelo a seguir. Las tardes de gran fútbol que Diego ha dado a Boca y a todo el país no se olvidan en esta parte del mundo, que tanto se identifica con uno de los espectáculos que genera más emociones y pasiones.
Los años pasan y hay aspectos en cada historia concreta que son imperturbables, por mucho que trates de inventarlos continúan siguiendo a la realidad. Y todo esto es una sinrazón, porque hoy en día hay que aferrarse a lo poco queda de original, para poder volver a ver las cosas en estado puro, sin contaminar, como la pasión.
El de la foto
solohinchas.com





viernes 26 mar a las 12:47