Qué extraños son los partidos contra el Espanyol en el Camp Nou, de verdad, muy extraños.
Desde un tiempo acá se convierten en encuentros en los que los jugadores se parten la pierna por cada balón; duros, disputados, aguerridos, fieros, tensos....Creo adivinar una causa para este hecho: la enorme presencia de jugadores formados en las categorías inferiores en cada una de las plantillas. Es una de las pocas explicaciones que encuentro para, un par de veces al año, ver a Piqué jugando sucio, a Puyol siendo menos efectivo con sus entradas, a Valdés atento a los codazos de los delanteros, a Iniesta con cara me-están-cosiendo-a-palos, a Xavi discutir con el árbitro....hasta Guardiola, intimidando al delantero rival en un saque de banda.
Cuando se enfrentan Barcelona y Español no espero fútbol, espero una retahíla de jugaditas que funcionan algo así como vamos-a-pasar-cuentas-te-acuerdas-de-aquella-entrada-en-el-partido de juveniles y, así, durante los noventa minutos de juego.
El partido puedo haber terminado en 0-0 y nadie su hubiera extrañado pero, por fin, nos pitaron un penalty dudoso. Gracias al segundo gol de penalty, por cierto, esta rivalidad de la que hablo se plasmó en el lanzamiento de Ibra, quien, de no chutar cómo lo hizo, no lo hubiera metido porque Kameni se tiro perfecto. A lo que iba, que hoy no sé por qué pero me encamino hacia digresiones de las que cuesta volver; gracias al gol seguimos de líderes, que es de lo que se trataba.
Tal y como sucedió en la segunda campaña de Frank, en la presente el Barça ya se ha encontrado con una serie de partidos (Xerez o Almeria serían algunos ejemplos) en los que hay que ventilar la contienda, porque si no no se explica la diferencia entre el juego que se despliega ante Depor, Madrid, Inter o Kiev, y lo visto el sábado en el templo azulgrana. Son encuentros que hablan de la madurez del equipo, que juega consciente de la locura de partidos que aún faltan por disputar. Son partidos en los que lo excelso deja paso a las pasiones más bajas y normalmente se convierten en disputas aburridas pero necesarias para continuar sumando. A ver, quién no necesita, de vez en cuando, desfogarse una noche, y hacer el bárbaro. En definitiva, se sigue cumpliendo la máxima del discípulo de Jorge Luís Borges y virtuoso narrador de historias de fútbol, Roberto Braceli: el fútbol espeja, y lo que refleja es el lado oscuro, las zonas de sombra de las que habla Benet.
No esconderé mi decepción al saber que el Valencia no supo aguantar el resultado en Mestella, pero tampoco amago mi impaciencia para que llegue el miércoles y comience, de una vez por todas, el mundialito.
molloy





lunes 14 dic a las 12:03