No soy muy amigo de las alarmas ni tampoco un entusiasta a la hora de alistarme junto con las voces más extremas, pero de un tiempo acá, especialmente después del partido contra el Racing, los rumores acerca de la puesta a punto del Barça han crecido.
Ya no se concentran en ciertos lugares específicos, donde normalmente están los primeros en presentarse como voluntarios para cualquier refriega verbal que sirva para armar un discurso disonante con lo establecido, aunque, y esto sucede en muchas ocasiones, no haya motivo para el mismo.Todo esto me ha hecho pensar. Pero lo que verdaderamente ha provocado alguna que otra reflexión es la voz de Guardiola, que viene a ser algo así como la voz del deber y que cada uno, a pesar de que en muchas ocasiones no queramos saber nada de ella, guarda dentro de sí.
Escuchar a Guardiola es algo así como atender la voz de nuestra conciencia. Y cuando Pep habla yo escucho, lo cual no significa que siempre comparta su punto de vista. Confiar en su discurso es lo que nos ha permitido llegar a un lugar tan lejano que nadie, quizá jamás, lo pueda conocer. Pero estar ahí, donde nadie nos podía hacer daño, ni con las estrategias más populistas ni con los talonarios más extensos del mundo, tiene su precio. El precio a pagar no es otro que la exigencia del propio equipo para consigo mismo. Y no sirve de nada que el equipo haya goleado al Racing sin despeinarse y tampoco es útil que en una dura noche europea los jugadores fueran capaces de levantar un K.O técnico, porque a día de hoy el Barça es como una estrella del rock de los años sesenta.
Se espera tanto de su juego que cuando salta al escenario (todo esto me ha venido a la cabeza después de ver un documental sobre Hendrix) y no armoniza un juego como el que lo encumbró en lo más alto, le saltan al cuello todos los lobos hambrientos y escuálidos; en definitiva, toda la gente que hace dinero a costa del equipo, desde dirigentes, pasando por los propios hinchas, pasando por los de los equipos rivales y la prensa de los dos centros del país. Y es así, cuando todos empiezan a morder más de lo necesario, como el equipo se vuelve exigente, pero también es así que se demuestra la voraz necesidad de los más críticos, quienes, aunque no lo sepan, aspiran a estar donde nunca podrán llegar. También es así cuando no se ofrece espacio para que el equipo descanse -quién no ha dejado de escuchar alguna vez una alarma y ha preferido perder tiempo haciendo el remolón aún sabiendo que el reloj sigue avanzando- y tome aire para dejar de ser perfecto durante un rato. Las estrellas (en efecto, sigo equiparando a los deportistas como si fueran artistas) tienen sus momentos de flaqueza, y casi siempre terminan dudando.
Yo, en este sentido, estoy con Guardiola, porque veo que el equipo sigue esforzándose, corre y veo las caras de los jugadores con expresiones muy lejanas de la felicidad, lo cual me muestra que sufren y sienten que por ahora las cosas no van bien.
Supongo que los seguidores más acérrimos de Hendrix eran los que en sus últimos conciertos se apartaban de la primera fila del escenario pero eran los que incondicionalmente se desgañitaban por defenderle y apreciaban sus dudas.
Molloy







sábado 27 feb a las 11:16